domingo, 14 de agosto de 2011

Nadie dijo que fuera triste un día de lluvia.

Existe lo que se llama la actitud durante la tormenta. Cuando uno es sorprendido por una repentina tormenta, puede o bien correr lo más aprisa posible o bien colocarse rápidamente bajo las casas que bordean el camino. De los dos modos nos mojaremos. Si uno ya estuviera preparado mentalmente a la idea de estar mojado, se encontraría a fin de cuentas muy poco contrariado con la llegada de la lluvia.
Si eres consciente de que la lluvia llegará, disfrutarás más los días de sol, pero también terminarán antes los días de lluvia y mientras duren no perderás la sonrisa. No hay que cerrar los ojos ante los problemas: hay que tenerlos muy presentes. No se trata de tener miedo y dejar que éste nos agarrote, ni tampoco de andar llorando por las esquinas auto compadeciéndote porque la vida es chunga y todo se va a estropear tarde o temprano.
No es triste un día de lluvia, no si consigues disfrutarlo como si de un verano eterno se tratase.